Todo empezó aquella
cálida noche de verano, la más bella noche de todos los tiempos. Las estrellas
brillaban más allá en lo lejos, pero una estrella era diferente: lucía más que
las otras. Durante meses, unos hombres llenos de esperanza eran guiados por esa
estrella. Esa noche era la noche en que la profecía anunciada en los libros
sagrados se cumplía. Las palabras que habían sido proclamadas siglos antes se
hacían realidad. De vez en cuando los hombres se miraban y se sonreían. Habían
esperado por esa noche durante años; de hecho, durante milenios todo un pueblo
había soñado con ese momento. Un salvador les había sido prometido en las
antiguas escrituras y en breves momentos verían con sus propios ojos al que un
día reinaría sobre todo y todos para siempre, destruyendo completamente la
injustica y el mal del mundo. Ese salvador, el Rey de reyes, reinaría con
bondad y justicia Cada uno de esos hombres le llevaba un regalo y cada regalo,
la mirra, el incienso, y el oro, era un acto de adoración.
Mucho antes de la
llegada de estos visitantes, José, el padre adoptivo del tan esperado bebé,
buscaba en Belén un lugar donde María pudiese dar a luz, pero no encontraba
nada, todas las posadas estaban llenas. Mientras buscaban, esta joven madre no
paraba de pensar y recordar el día en que el ángel Gabriel le anunció que ella,
por obra del Espíritu Santo, daría a luz al Hijo de Dios y que ese Hijo sería
el Salvador del mundo, el anunciado Mesías de los judíos. Tocaba su tripa y no
terminaba de entender el milagro que llevaba en su vientre. Pero su bebé estaba
a punto de nacer. Con dolores de parto, terminaron en un establo, el único
sitio libre que había esa noche. Así fue como el Creador de todo entró en el
mundo que creó, la persona más rica del universo nació en el lugar más humilde,
el dueño de todo se hizo pobre para mostrar y dar la verdadera riqueza al
mundo: su propia persona. Este bebé ya tenía nombre incluso antes de ser
engendrado: Jesús. Y este nombre reflejaba todo lo que él era: la ayuda y
salvación de Dios para los hombres.
¿Qué hay que sea más
débil que un bebé? ¿Hay algo más frágil que el ser humano? Ironía de las
ironías, el fuerte e inmortal Dios del universo se hacía carne mortal para
salvar a Su creación.
Esta es la noche de
todos los tiempos, esta es la noche en que la más bella y deseada historia
empieza; y esta noche, la más celebrada noche, dividió la historia del mundo,
marcando un antes y un después para la humanidad. Esta noche supone un cambio
radical: antes de Jesús sólo un pueblo conocía las promesas de la esperanza;
después de Jesús todos los pueblos pueden tener verdadera esperanza: el mal del
pasado sería borrado y el futuro ya no sería más incierto.
Pero, ¿no será todo
esto una locura? ¿Qué Dios es este que se rebaja y se humilla, al punto de
hacerse criatura para identificarse con los humanos, que son menores que Él?
¿Por qué el que vive en la eternidad, más allá del tiempo y del espacio, entra
en la finita historia humana? Cuando lo pienso, "amor" y
"misericordia" son las palabras que me surgen en la mente. Por amor
creó Dios a los humanos, por amor se hizo uno de ellos para rescatarlos de su
mayor problema: el pecado.
Treinta y tres años
después de este milagro, las profecías se seguirían cumpliendo. Estas decían
que el Mesías entregaría Su propia vida por el bien de la humanidad.
Los mismos que le
habían estado esperando, le entregaron a la muerte. Pero, paradójicamente, esa
muerte fue un acto voluntario. El esperado Rey de los judíos eligió salvar a su
pueblo y a toda la humanidad por medio de su muerte. Jesús, el Hijo puro y sin
mancha de Dios, derramó Su sangre para que nosotros fuéramos librados del
pecado. En verdad, nuestro pecado —nuestra rebeldía hacia Dios, todo lo que
hacemos de malo— fue la causa de la muerte del hombre más puro que jamás haya
existido. El que nunca pecó, el que es la luz del mundo, cargó con el pecado de
todos nosotros para liberarnos del infierno y darnos el perdón inmerecido pero
gratuito.
En la cruz Jesús
murió para vencer al pecado, pero tres días después de su muerte, las mujeres
que habían sido sus discípulas llegaron a la tumba, llorando y hablando de lo
horrible que había sido ver Jesús morir, y levantando la vista, vieron que Él
ya no estaba allí. En vez de Jesús había un ángel, y este ángel les dijo que
Aquél al que buscaban no estaba muerto, sino que ¡había resucitado, había
vuelto a la vida! Así el Hijo de Dios venció a la muerte, venció a la muerte
final que es el infierno mismo, proclamándose Soberano sobre ella. Y gracias a
esta victoria tenemos la esperanza de que nosotros tampoco moriremos para
siempre, sino que tendremos vida eterna con Jesús, finalmente libres de todo
mal e injusticia. Esta es la gran noticia del evangelio: que en Jesús —y sólo
en Jesús— tenemos la Salvación, pero sólo por la fe la podemos recibir. Esto es
lo único que tienes que hacer: creer en Dios, creer en Su amor; nada de lo que
hagas, ninguna obra, ningún acto de generosidad, ningún acto heroico, te podrá
salvar de ti mismo, de las consecuencias del daño que te haces y del daño que
haces a los demás. Nunca serás lo suficientemente bueno, pero en su
misericordia, Dios te acepta tal y como eres si tan sólo crees en Él.
Esta es la historia
de Dios, esta es nuestra historia: la fe, la esperanza y el amor son la base de
nuestra vida con Cristo y Él es el que da sentido a cada día, semana, mes y año
de nuestras existencias. Para los cristianos, sin Cristo todo es vano, pero con
Cristo tenemos un propósito que va más allá de nosotros mismos y de esta vida.
Sem comentários:
Enviar um comentário